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Otra forma de abrigo

Actualizado: 13 abr 2025

Hay cambios que no llegan con palabras, sino con el clima. Con el aire que se respira distinto. Con la luz que desaparece demasiado temprano. Con un silencio en las calles que no se parece al de ningún otro lugar.


Migrar desde un lugar cálido y luminoso hacia uno frío y gris puede sentirse, a veces, como si algo quedara suspendido en el cuerpo. Como si el reloj se detuviera por unos días —o por unos meses— hasta volver a entender cómo moverse.


Lo que allá era automático —salir sin mirar el cielo, hablar con quien sea en la vereda, sentir el sol en la piel— acá se vuelve cálculo, protección, quietud. Y en ese cálculo, a veces aparece la duda:¿Dónde quedó lo que me daba vida sin que yo tuviera que buscarlo?


Adaptarse no siempre es aprender algo nuevo. A veces es soltar lo que nos sostenía sin darnos cuenta. Cambiar de abrigo, de horarios, de rutinas. Ajustar el paso al ritmo del lugar, aunque ese ritmo no sea aún propio.


Desde la mirada del coaching ontológico, lo externo también habla. La ciudad, el clima, el paisaje. Todo eso configura una conversación. Y en esa conversación, podemos observar desde dónde estamos reaccionando. ¿Estamos sobreviviendo el entorno o empezando a habitarlo? ¿Estamos contándonos que esto “no es para nosotros” o preguntándonos cómo queremos estar acá, aunque sea difícil?


La adaptación no tiene forma fija. No siempre se siente como logro. A veces es apenas una tregua: una tarde en la que el frío no molesta tanto, una caminata sin pensar en volver rápido, una mirada que devuelve calidez.


No se trata de hacer del invierno un lugar cómodo. Pero sí, tal vez, de dejar de pelear con él todo el tiempo. Porque a veces el entorno no cambia. Cambiamos nosotros en la manera de habitarlo.

 
 
 

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