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Empecemos por el principio.

Actualizado: 13 abr 2025

A veces el cambio no se siente como una decisión clara. A veces solo aparece como una incomodidad persistente. Una distancia entre lo que uno vive y lo que desearía estar viviendo. Una sensación de no estar del todo en el lugar correcto, o de haberse quedado sin palabras para lo que uno necesita.


Puede pasar en medio de una mudanza, de una migración, de un trabajo nuevo o de una etapa que se cierra. O simplemente un día cualquiera, cuando algo en la rutina ya no encaja como antes.


Desde la mirada del coaching ontológico, esos momentos no son fallas ni desvíos. Son puertas. Invitaciones a mirar más profundo. A preguntarnos desde qué conversaciones estamos habitando nuestras vidas. Qué ideas sostenemos sin revisar. Qué emociones arrastramos sin nombre. Qué hábitos corporales se volvieron invisibles y sin embargo lo condicionan todo.


El coaching ontológico no trae recetas ni respuestas listas. Lo que ofrece es un espacio para detenerse. Para escuchar. Para descubrir qué pasa cuando nos miramos con más honestidad y menos juicio.


A veces, lo que cambia no es la realidad externa, sino la manera en que empezamos a contarla. A veces no es el mundo el que se transforma, sino la forma en que lo habitamos.

Hablar distinto. Sentir distinto. Movernos distinto. Desde ahí puede empezar un cambio más profundo. Uno que no viene de afuera, sino de la forma en que volvemos a estar con nosotros mismos.


Si estás atravesando una etapa de transición —geográfica, emocional, vital— tal vez este sea un buen momento para preguntarte desde qué historia estás viviendo todo eso. Y si esa historia te acompaña… o te limita.


El coaching ontológico no es un destino, ni una solución. Es una forma de acompañar el camino. Con más conciencia, más conexión, y más preguntas que respuestas.

 
 
 

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